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Más allá de la chica que jugaba americano

  • Foto del escritor: Christopher Peña
    Christopher Peña
  • 30 jul
  • 14 Min. de lectura

Actualizado: 30 jul

No siempre soñé con ser escritor. Pero un día una jugadora de football americano, un accidente casi mortal y una injusticia deportiva me empujaron a escribir una de las novelas más importantes de mi vida.


Del castigo al placer: cómo empecé a leer


De chico, una banda me cautivó con la frase: “Te voy a escribir la canción más bonita del mundo.”

Seguro sabes quiénes son.

Yo no soy de esos escritores iluminados que aprendieron a leer a los tres años y que siempre supieron que escribirían.

No. Ni por asomo.

De hecho, le cogí gusto a la lectura porque me la vivía con el televisor castigado, y mi madre me daba libros para que no me aburriera. O eran mi entretenimiento las noches de guardia en los hospitales, ya de adolescente, cuando mis abuelos o alguno de mis tíos eran intervenidos médicamente.

Como fui el nieto mayor, siempre estuve entre las generaciones de mis tíos y mis primos. Mis tíos, al tener que trabajar, preferían no hacer guardias por las noches y me tocaba a mí poner el hombro y estar. Y como mis primos estaban muy pequeños, no había con quién compartir la tarea. Obvio mis tías alternaban, y a pesar de sus trabajos, también mis tíos. Pero era más fácil y cómodo para todos que yo hiciera las guardias nocturnas en los hospitales.

Así que llevaba mis libros y me ponía a leer: Shakespeare, Dostoievski, Homero, y cualquiera de esa colección de pasta dura que vendían quincenalmente los de Folio en los puestos de periódicos y que mi madre me compraba.

Así que no. Yo no dije desde niño que quería ser escritor de grande, claro que no.

De hecho, era tan mal portado que futurizar me angustiaba, y la lectura se me hacía algo pesado, asociado al castigo.


Mi mejor amiguito de la secundaria, el Gordo, pensaba —sistemáticamente— que sería, si no pobre, sí superclasemediero. Él, a tan temprana edad, solo deseaba tener la capacidad adquisitiva para obtener un departamento modesto, un coche modesto y una vida sin altibajos insoportables.

Y me da mucha felicidad que no sea así, ahora. Sino mejor.


E Gordo, ya flaco, a la derecha; y yo, entonces con cabello —y sin bigote jaja— a la izquierda.
E Gordo, ya flaco, a la derecha; y yo, entonces con cabello —y sin bigote jaja— a la izquierda.

El Gordo —quien ahora está flaco— trae un carrazo. Lleva más de veinte años con un carrazo… y otro, y otro. Y si bien el depa en el que lo visité hace unos años —más de diez— no era lujoso, seguro vive bien. Y más que bien, se lo ve muy feliz. De vez en cuando nos mensajeamos (le trato de vender mis libros y no se deja). Pero luego conoce gente que me conoce, y me escribe para decirme que le encantó recordarme a través de otros.

Y esos son días hermosos.

Pues bueno, el Gordo no parecía tener aspiraciones exponenciales… Y ahora trabaja en un lugar bien, cobra aparentemente mejor que bien, y vive feliz. Una vida superior a la que ideó de niño, cuando jugábamos a imaginarnos cómo seríamos de grandes e invocábamos al universo solicitando empleos con tal o cual remuneración (Una bobada, por supuesto. Ni pedir a la ley de la atracción sabíamos, jaja).

Pedíamos un empleo fabuloso a cambio de años de vida…

—Si hay que sacrificar, yo daba diez años de vida por un empleo de $2,500 USD (Lo convierto a dólares para que la referencia sea más simple).

Éramos unos tarados… Jaja.

Qué bueno que aún no los ganamos.

Jaja (Ejem…).

Ya en serio: En cambio, a diferencia de mi amigo, yo no me imaginaba agachón. Todo lo contrario. Y aunque mis notas eran terribles en la escuela y los maestros no me auguraban un mejor futuro que el de un sintecho, yo sabía que la fortuna estaría de mi lado.

Siempre lo supe.

Y mi inmensa fortuna augurada no era de dinero —en exclusiva—. Yo hablaba de creer, con absoluta terquedad, que me iría fenomenal.

Sí. Fe-no-me-nal.

Lo sabía. Y no sé cómo.

Hoy por hoy, mi carro no es del año (ni es un carrazo, pa’ pronto); no vivo en una mansión con mis iniciales en las rejas —ni quiero—. Sin embargo, sí tengo una vida que le haría brillar los ojitos a mi yo del pasado, ese que fantaseaba con el mundo del futuro y todas sus posibilidades mientras jugaba básquetbol con su cuate en las canchas públicas, afuera de la Alberca Olímpica.

No sabía que sería músico —y yo creo, más bien, que siempre supe que nunca lo sería—. Pero si alguna vez hubiera pensado dedicarme a la música, muy probablemente habría querido escribir la canción más bonita del mundo.

Afortunadamente para todos, no canto, ni toco instrumento alguno (Ni pretendo aprenderlo en una alocada crisis de los cuarenta). Pero escribo y hay gente a la que le gusta lo que escribo. Y si tú eres de esas personas: ¡Gracias infinitas!

Entonces, pensando en todo esto, siempre he tenido la intención de escribir la novela más bonita del mundo.

(Ya sé, ya sé…).

Pero he fallado. Me salen thrillers, novelas de terror, cuentos perturbadores…

Una vez, una novia me dijo:

—Tus temas recurrentes son la muerte, la pérdida y el fracaso.

Y sí. Probablemente sí.


La novela que nació para enamorar, y terminó rugiendo


Hace casi un año, mientras presentaba una novela de suspense en una feria del libro en el zócalo capitalino —un thriller que cierra mis libros de la trilogía del fracaso—, una mujer del público me dijo que le gustaba mucho mi manera de escribir, que las escenas candentes la volvían loca, y que debía escribir una novela romántica; o, de perdida, una erótica.


María del Carmen Félix, acompañándome en la presentación de La Sombra
María del Carmen Félix, acompañándome en la presentación de La Sombra

Yo, la verdad, aunque en ese momento una primera actriz de la Compañía Nacional de Teatro —descendiente directa de María Félix— me había hecho el honor de leer el arranque de la obra presentada, y aun cuando la primera escena de la novela hablaba de una mujer en camisón, deambulando sin ojos por las avenidas del Centro Histórico de la Ciudad de México, con los brazos extendidos y bramando: «¡Mis hijos...!» Aun con todo eso, le dije que sí.

Haría una novela romántica.


Acababa de comenzar una relación con una mujer que conocía desde hacía ocho años, y con la que nunca se me habría ocurrido que podríamos llegar a tener algo. Así que andaba inspirado.

—Voy a escribir una novela romántica —me comprometí.

Comencé narrando un reencuentro insospechado y una noche de parranda que terminaba con el caballero —el protagonista— dejando a la chica en la puerta de su hogar...

Pero madre santa: unas páginas después, la pobre chica —la del libro, eh— era inculpada por la policía por el presunto homicidio de una compañera de equipo —jugaba football americano—, con la que había tenido una pelea brutal antes del partido donde los protagonistas se reencontraban y reconocían.

A partir de ahí, fue un calvario para mis pobres personajes.

La chica que jugaba americano, esa novela que en un inicio iba a ser romántica o erótica, se convirtió en una de mis historias más brutales.

Hay mafia deportiva.

Hay narcotráfico.

Hay personas normales haciendo cosas que no deberían hacer...

Pero también hay fe, esperanza y caridad.


Las Guerreras, la lesión y el viaje a Italia


La chica con la que comencé a salir —la que reencontré hace casi un año— resultó ser una jugadora de americano profesional. Y no solo eso: fue convocada para representar a México en los World Sports Games, que se celebrarían en Loutraki, Grecia.

Pero sacaron de la jugada a la disciplina de football americano femenil.

¿La razón?

Pésimos manejos de una federación machista y un gremio que, literalmente, canceló ese deporte porque un directivo creía —y así lo dijo en Italia— que no le gustaba ver a las mujeres jugándolo. Que “ellas deberían estar en la cocina haciendo café.”

A la par de todo esto, me tocó ver, como aficionado deportivo y como pareja, el teje y maneje de este deporte en México. Desde las entrañas.


La 20, mi Monstruito.

Supe de coaches que les retiraban su apoyo a jugadoras por no darles lo que ellos esperaban a cambio. Y también vi lo otro: entrenadores que empujaban a las atletas hasta sus límites sin esperar nada. Nada. Ni siquiera una victoria. Solo querían facilitarles —o al menos no complicarles más— el camino para poder jugar.

Entre las cosas chafas que descubrí, estaba el hecho de que ellas debían pagarse todo: vuelos, estancias, comidas, lo que fuera, para poder asistir. No había patrocinios ni apoyos institucionales.

Si tenías para pagar tu lugar, ibas. Si no, no te contemplaban.

Claro que los directivos buscaban y buscaban patrocinadores (y los consiguieron); pero es verdad que la capacidad adquisitiva era, lastimosamente, un factor.

Así que decidí apurar el camino.

Quería que las ganancias, simbólicas, de mi novela pudieran apoyar a este combinado nacional de deportistas a llegar lejos y demostrar quiénes eran.

Claro que sabía que mis libros no facturan lo suficiente como para llevarlas hasta allá. Ni siquiera para cubrir uniformes, quizás solo algunas comidas. Pero estuve dispuesto a empujar la obra al máximo para que ayudara lo más posible.

Tenía, además de la inspiración, una investigación exhaustiva sobre crímenes reales —narcotráfico actual—; y la continuación de una novela inédita que mis agentes están promoviendo con una editorial y un par de casas productoras de series (Deséenme suerte).


Te decía al principio que yo era un pésimo alumno con notas terribles; que, si bien nunca tuve claridad sobre mi futuro, siempre supe —— que las cosas grandes no llegan solas: hay que ir por ellas. Y que solo así se hace uno de la buena fortuna.


Yo supe que tendría una inmensa fortuna.

Y no lo digo en clave económica, exclusivamente.

Tengo la fortuna de escribir como me gusta, de que haya gente a la que le latan mis textos, de que instituciones nacionales e internacionales crean en lo que hago, empoderen mis relatos, mis libros, y los promuevan.

Y además, tengo suerte. La buena suerte.

Claro que también hay momentos bajos en mi vida —¡muchísimos!—, pero es ahí donde apechugo, donde aguanto el mal sabor de boca, donde recuerdo las victorias pasadas y me prometo futuro.Un futuro más brillante.

(También tengo buenas intenciones… ejem… bueno, no siempre, la verdad Jaja —muajaja...).

Así que tenía lo que yo creía que era una buena idea para un buen libro, unas investigaciones que podía aprovechar aquí y la continuación de una novela que me urgía escribir, que encajaba a la perfección con esta historia de la jugadora.

Entonces nació una novela que disfruté muchísimo hacer:

(Súper original, ¿no? Jaja).


Luego descubrí que en el mundo del americano femenil había decenas de personajazos. Y, en la comunidad, muchas historias increíbles y conmovedoras por contar.

Así que lo hice.

Y las regalías las di a la causa.

E inscribí la novela —porque justo cuadraron las fechas— al premio Amazon Storyteller de este año (A ver qué tal... creo que va en la página 87 del listado general, pfff...)

Igual, la novela llegó hasta Italia :)

Pero algo es definitivo: Hay proyectos que se escriben con el corazón, otros con rabia, y otros con esperanza. La chica que jugaba americano nació con todo eso junto.

Fue mi manera de sobrevivir un accidente casi mortal (Por darte otra anécdota: mi novia y yo nos subimos a una furgoneta para pasear en un tour por la Huasteca Potosina, y, tras caer en un bache, a pesar de la pericia del conductor, trompeamos y nos volteamos entre autos, camiones y tráileres a toda velocidad). La novela también fue mi manera de sublimar el amor por una jugadora lesionada. De transformar el dolor y la impotencia en algo hermoso, algo que gritara una historia, ficticia, desde dentro.

La escribí a toda velocidad, febrilmente, con el pulso temblando de emoción, de cansancio, de deseo. Deseo de que estuviera lista para algo más grande que yo.

Puse en un rush infernal a mi lectora cero, a mis lectores beta y a mi correctora.

Les advertí: esta vez vamos tarde y, además, vamos con todo.

Quería una novela lo suficientemente buena como para sostener una causa. Y la causa era clara: Lo que se ganara con esa novela —desde la publicación hasta el torneo— iría para apoyar a las Guerreras Jaguar México, ese equipo de mujeres descomunales que soñaban con jugar y que ahora representan a México.

Hablé con mis agentes literarios, porque para que todo saliera bien, debía contar con su visto bueno. La novela tenía personajes de otra historia que ya estaba en manos de editores y productores; y si hacía las cosas mal, no solo ponía en riesgo el trabajo de mis agentes, sino el prestigio de su palabra.

Me dieron luz verde para usar a algunos personajes que estaban bajo dictaminación editorial con una novela brutal que terminé hace casi dos años.

Los incrusté en esta historia.Y se amoldó todo a la perfección.

Para que te des una idea de cómo fui acoplando todo, tengo una novela inédita desde 2003, mi segunda novela. Pues diseccioné parte de ella y con eso reconstruí el background de uno de mis personajes secundarios más importantes: Rómulo Pineda, el líder del Cártel de los Naufragios. Con historias verídicas del mundo del narco actual en México, la añadi verosimilitud a la historia.

Y sí, el libro salió.

Se presentó.

Se firmó.

Se vendió.

Y se donaron las primeras ganancias.

La gente preguntó por las Guerreras, por las jugadoras, por el football femenil. Y, por fin, empezó a generar eco. En España, de donde más me leen, me preguntaban por este deporte (allá lo juegan equipadas, por cierto).


Si alguien te dice que esto fue fácil… que llegar hasta Italia con una selección femenil de football fue solo tomar un vuelo y sonreír para la foto… dile que te cuente otra.

Porque el viaje se hizo… pero casi no se hace.

De entrada, originalmente íbamos a Grecia, no a Italia. Igual, el combinado nacional de las Guerreras Jaguar México llegó a Padua a pesar de todo...

De los recortes.

De los cambios de último minuto por parte de una agencia de viajes deportiva terrible que fue factor para casi perder jugadoras en el camino y perder los ánimos con escalas obtusas de 15 horas y pagos de 5 mil pesos mexicanos por equipaje...

Y a pesar de que muchas de las jugadoras tuvieron que poner de su propio bolsillo para cubrir traslados, viáticos, todo. La historia se hizo.

Y nadie les regaló nada. Nada. Todo se lo ganaron a pulso.

Yo venía, además, con una carga personal muy particular. Mi pareja, la jugadora que me inspiró la novela original, no pudo jugar. Una lesión reciente, fuerte —de esas que quiebran carreras— la dejó fuera del campo.

El médico fue tajante:

No hay manera.

Así que decidimos estar, pero desde otro lugar, desde el lente, desde el micrófono, desde la voz. Y esa voz terminó desgañitándose en la transmisión en vivo del partido internacional. Fue terrible jaja, descubrí que soy pésimo comentarista deportivo jaja Pero eso sí, llegado el momento, celebré los touchdowns con gritos de mariachi; luego me la pasaba gritando a las jugadoras los mensajes de cariño que les mandaban del otro lado del mundo.

Narré.

Documenté.

Acompañé.

Y estuve. Y ser espectador de ese equipazo, me hizo crecer algo en el pecho.

Mi voz se fue al carajo, claro; pero mi corazón se quedó ahí. Grabado en la transmisión.

Los partidos terminaron, vino la fiesta y luego la clausura.

Fue hermoso en verdad.


Y entre todo ese caos, al final, surgió algo inesperado. En medio de la gira, me las arreglé para recoger unos pocos ejemplares impresos de mi nueva novela por publicar: El asesino de Tinder. Los crímenes de Frostheaven Lake.

Una historia negra.Brutal.Que mezcla amor, culpa, crimen y memoria.



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¿Por qué hacerlo en Italia?

Porque desde hace meses, Amazon ha tenido complicaciones para la entrega de obras con impresión bajo demanda para autores mexicanos. Los libros que se imprimen en Estados Unidos ya no llegan bien a México, y las copias de autor simplemente no se están enviando.

Así que, aprovechando la vuelta por Europa, me las arreglé para conseguir unas cuantas copias físicas.

Un pequeño milagro logístico.

Fue curioso, porque el viaje terminó siendo en Italia, donde las Guerreras Jaguar México se enfrentaron a las Sirenas de Polonia y a las Fénix de Italia. Un triangular internacional que, de forma natural, dio pie a lo que ya se perfila como el primer Mundial amateur de jugadoras de football americano para el 2026.

Además, la presidenta de las Guerreras Jaguar recibió invitaciones con miras olímpicas para eventos deportivos en Suecia y no sé qué más. Un exitazo.

Y terminó siendo allí —en la casa de los Santos de Padua— porque el presidente de las Scarlett Fénix de Italia reorganizó y movió todo para que el encuentro internacional no se viera afectado por una panda de directivos misóginos que querían dejar fuera a las atletas.


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Fue un lujo compartir todo ese trayecto lleno de vicisitudes, polémicas, momentos trágicos y llenos de tensión… y, al mismo tiempo, lleno de gloria, satisfacción y orgullo.

Solo de recordar las anotaciones, los mensajes de familiares y parejas de las jugadoras; el acercamiento a estas atletas… Todo se me revuelve en el alma. Y me nutre el corazón.

Claro que me llevo muchas historias, muchos personajes, y un sinfín de posibilidades de este viaje.

Y es curioso, porque mientras veía materializada la atmósfera de mi novela en Padua —esa que había visualizado meses atrás cuando aún soñábamos con Grecia—, yo ya tenía publicándose una nueva novela.Y, sin querer, iba recogiendo inspiración allá en Padua… y en Verona, y en Venecia, y en Grappa…para la siguiente :)


Ahora que ya está a la venta, quiero contarte algo como primicia de lanzamiento: La versión en e-book de El asesino de Tinder está a un superprecio, y lo dejaré así solo por ti y por unos días .99 centavos de dólar o euro, y solo $20 pesos mexicanos.

Estará disponible a ese precio hasta el último minuto del viernes 1 de agosto. Luego subirá a su precio regular.

El asesino de Tinder es distinta a La chica que jugaba americano, pero tiene el mismo pulso: el deseo de convertir la herida en historia, y la historia en una lanza que apunte hacia adelante.

Además, estoy considerando —y dime si tú también lo ves buena idea— poner La chica que jugaba americano también a $20 pesos durante unos cuantos días, para que nuevos lectores conozcan la historia que nos trajo hasta acá.

Si te late la idea, házmelo saber por mail:


Una presentación como ninguna otra


La presentación del libro La chica que jugaba americano no fue en una librería elegante, ni en una feria literaria repleta de focos, con actrices o actores leyendo fragmentos. Fue en una cancha. En el campo de football de los Vaqueros de Xochimilco. El epicentro mismo de la historia. Con las jugadoras equipadas que llegaban a firmar autógrafos y a abrazar a la gente con los músculos adoloridos del entrenamiento, con la comunidad, la familia, los demás jugadores interesados en lo que estaba por venir, con porras que no sabían callarse y lágrimas que no podían ser retenidas.

Ese día, el libro fue leído por la número 20 de las Vaqueras: Xia "Monstruito" Soriano.

Las personas hicieron fila para adquirirlo, sabiendo que su dinero no iba a parar a un autor envanecido ni a una editorial gigante, sino a un equipo de mujeres mexicanas que estaban por cruzar el océano para representar a su país en un mundial de football americano femenil.

Rugió como Jaguar, esa novela, cuando cada ejemplar se firmaba no solo con tinta, sino con una historia compartida por gente que nunca había leído una novela deportiva, por personas que no sabían nada del football femenil y por una atmósfera que, por alguna razón, se sentía como un sentimiento, o un anhelo compartidos.


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Y las ventas no se quedaron cortas. Número 1 en Amazon en su categoría durante varias semanas. Decenas y decenas de ejemplares físicos vendidos en cada evento, en cada firma, en cada presentación.

Pero más allá del número: El eco de la historia. Las reseñas. Los mensajes. Las lágrimas que se quedaban flotando entre líneas de jugadoras que me decían que se identificaban con tal o cual escena..

Jugadoras.

Staff.

Amigas, hermanas, madres, exesposos, vecinas... Todas vendiendo, difundiendo, compartiendo —no solo un libro, sino un pedazo de historia—. ¿Y sabes qué pasó?

Lo logramos.

Financiamos parte —quizá muy pequeña, pero parte— del viaje de las atletas. Inspiramos a otras jugadoras a contar sus historias. Nos acercamos a lectores que no pensaban leer. Y, sobre todo, le dimos cuerpo a un sueño colectivo.


Ahora que se cierra este ciclo, lanzamos el siguiente:

El asesino de Tinder. Los crímenes de Frostheaven Lake. es una novela que vibra más oscuro, con un argumento más retorcido… pero igual de pasional.


Y, como tributo a quienes han estado con nosotros, sale —como te decía— en promoción especial solo por unos días, a: $20 pesos en México. 0.99 euros en Europa.


Pero este libro, La chica que jugaba americano, no se va; se queda como símbolo, como testimonio, como grito de guerra.

Porque sí, vendimos muchas copias, pero lo que realmente negociamos fue una causa, una hermandad... Un país rugiendo en conjunto: ¡FUERZA JAGUAR!


Y a ti que nos leíste, compartiste, apoyaste: a ti también te pertenece esta historia.

Guerreras. Jaguar. México.


Estábamos en la recta final de esta gira, en los últimos días en Italia.Y mientras caminábamos entre callejones medievales y vestigios de gladiadores, mi mente ya estaba en el siguiente libro. El siguiente pase. La siguiente jugada. Pronto sabrás de aquella nueva historia...



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Mientras tanto, cuídate mucho y que El Jefe reparta la suerte :)


🎁 Oferta de lanzamiento:

📘 El asesino de Tinder

📅 Solo hasta el viernes 1 de agosto

💸 A solo $20 pesos MXN / 0.99 USD/EUR

📩 ¿Te interesa el mismo precio por La chica que jugaba americano?

Escríbeme: chris@chrispa8.com

 
 
 

1 comentario


Alberto Allende
Alberto Allende
02 ago

¡Espectacular!

Vaya pedacito de historia. Al parecer no se ocupa de las grandes marcas, lentes o alcances, simplemente intentarlo, solamente hacerlo y hacerlo desde el corazón, con eso basta. Así se hacen los sueños tangibles.

Me quedo con ésta tu frase Christopher Peña:

"El deseo de convertir la herida en historia, y la historia en una lanza que apunte hacia adelante." ¡Uffi! Poderosa.

Gracias Christopher, Gracias chicas, gracias por hacernos vibrar.

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